Feminisme posmodernista
Martes 17 de mayo de 2005
Última actualización: Martes 17 de mayo de 2005FEMINISMO RADICAL: MOVIMIENTO SOCIAL FRUTO DE LA OPRESIÓN DE LA MUJER Por Jose Ignacio Benito Climent, licenciado en filosofía política y estética en París VIII
El feminismo es un concepto asociado a una práctica política y social. El feminismo ha sido definido de muchas formas y su práctica ha sido diversa, si bien su naturaleza filosófica y política ha sido confundida por determinadas posturas feministas, como la maternalista o aquellas que se apoyan en perspectivas igualitarias o de la diferencia. El concepto de feminismo además de encerrar enunciados diferentes, no debe ser referido solamente a la esfera del género, si bien es su realidad angustiante más sensible. Sin embargo, se trata de apuntalar el concepto en su plano inmanente, liberándolo de los trascendentales como que “Dios ha creado a la mujer a partir del hombre”, enunciados de tipo metafísico que nada tienen que ver con esta realidad corpórea, social, política y psicológica. Además, el análisis de mitos, leyendas y ritos de la Antigüedad hasta nuestros días deberían ser considerados como el origen y creación de los prejuicios masculinistas, en base a los cuales se han construido las sociedades y sus culturas, lo que ha venido llamándose la falocracia o androcracia.
La mujer, el hombre, el ser, el yo, etc., son nombres incapaces de asimilar la realidad múltiple ontológica de la que hablan, sobretodo cuando estamos refiriéndonos a una multiplicidad de existencias difíciles de contener en un lenguaje destinado a ser obsoleto. Es peligroso decir, “la mujer no existe” o “el hombre no existe”, en el sentido que podría ser tomado y reapropiado por un discurso ultraderechista y derechista absolutamente conservador. Pero la realidad utópica sería que nadie tuviera nombre para ser nombrado, que el género no fuera utilizado para definir a las personas y que las estructuras ontológicas fueran desacreditadas por ser incapaces de detentar el poder explicativo de la multiplicidad de devenires que son innombrables. Todos estos nombres se utilizan dentro de un teatro de realidad construido sobre la base del acotamiento de la multiplicidad de realidades. Lo que pasa es que dentro de esta multiplicidad, el género es una de las formas utilizadas para oprimir a un sector de individuos y sus fuerzas dentro de la misma realidad.
Hoy en día, no podemos decir, “las mujeres no existen”, porque negar esta realidad, sería negar entre otras cosas, la violación. Pero no es así, que más da el género de la persona violada, lo que importa es el acto de la violación y la víctima, no su sexo, lo que pasa es que concuerda la tipología de los sexos con el opresor masculino y la víctima femenina. Con lo cual la noción de mujer sería refractaria de los derechos de un sector de la población con cuerpo femenino. ¿Qué le hace diferente al hombre?, el tratamiento que le ha sido infringido, es como el prisionero de un campo de concentración, hasta la fecha no había nombre para estas personas que habían compartido de alguna manera estas torturas en su cuerpo y mente. Gadamer diferencia de entre los prisioneros del campo de concentración una identidad nueva creada por la maquinaria de los fascismos y la tecnología de los campos, “el musulmán”, personas asociales por la fuerza de las circunstancias.
Con la mujer, se trataría de lo mismo, coseificar con un nombre una multiplicidad de maltratos dados a raíz de una sexualidad determinada. Si el sexo no hubiera sido significante, las nociones hombre y mujer no hubieran sido necesarias. Se vuelven necesarias en el trato desigual de las sociedades. Debido al abuso de la sexualidad femenina por parte de la sexualidad masculina, de su utilización desmedida como objeto de tortura, fantasía y potencial destruido de sublevación.
Lo que quiero decir es que tanto el nominalismo como la creación de sujetos societales abarca una realidad que es otra, la de las fantasías de una cultura que ha necesitado poner nombre a lo que debería existir como tal y haciéndolo así aparecer en la escena social, política y científica, fundamenta los tratos que se le pueden conferir y sus posibilidades de libertad.
Los nombres, hombre y mujer existen porque ha existido la vejación, la esclavitud y el maltrato (tortura) y siguen existiendo. Sólo en una sociedad utópica serán innecesarios y ahora lo son porque protegen los derechos de una gran multitud. El hombre empezó a existir en su diversidad a partir del momento en que sus derechos fueron escritos e implantados después de la barbarie de los descubrimientos, colonizaciones, torturas y asesinatos. Después de la masacre y la tortura se hizo necesario proveer a los individuos de una identidad que fuera respetada por medio de los derechos cívicos y más tarde de los humanos. A partir de aquí, la discusión entorno a los derechos se hizo necesaria, porque esta realidad jurisdiccional no representaba la gran cantidad de casos que se dan en una realidad social que nunca deja de ser polimorfa y divergente en su forma y acción.
Es decir, que tanto hombre como mujer es un abismo ante una realidad insoportable de discriminación sexual en el trato de los iguales en la sociedad. Por lo tanto ni hombre ni mujer han sido tratados por igual en referencia al sexo, su educación, etc. Es el rol social que se ha otorgado a la mujer lo que queda reflejado en su denominación. Pero la mujer no puede ser otra u otras, que lo que son en el teatro societal. Desde el hecho de pensar que la mujer es diferente del hombre por el hecho de parir o traer hombres al mundo, entonces deberíamos haberle llamado “La Creadora de todo lo que tiene vida”, pero no es así, es estúpido, hombre y mujer son necesarios en la reproducción y la mujer no está destinada a la reproducción de la especie, este pensamiento como otros forman parte de una realidad social construida sobre la ilusión de microfascismos.
La mujer no tiene porque reproducirse o reproducir “otro”, sino que puede muy bien reproducir simplemente su placer hasta el infinito de posibilidades si sus libertades y agenciamientos sociales se expanden para con ella. Y aquí la mujer se vuelve como el hombre, individuo, no creador ni criatura, sino individuo sexuado o no, dentro de una sexualidad polimorfa o cuerpo sin órganos como diría Gilles Deleuze. La identidad no tiene relación con la sexualidad más que en las sociedades que promueven las desigualdades.
La mujer ha sufrido todas las transformaciones de las sociedades siendo objetivizada por el rechazo de los atavismos construidos por las sociedades. Acusadas de brujas, nombradas y tratadas como zorras, denominadas monstruos, seres hipersensibles, etc. La mujer se queda perpleja y asume, no siempre, los roles asociado a su género según las sociedades. Es decir, la mujer y las mujeres terminan por convertirse en fenómenos de proyección de lo indeseable, corrupto y vicioso, que el hombre era incapaz de asumir en él, en relación a una realidad moral y religiosa. La mujer fue la expiación de la culpa, un buen invento para el placer perverso de los hombres. Pero esta objetivización y disfrute sádico del objeto, actualmente se traslada a ambos sexos, cuando lo que hay detrás de todo esto, es una realidad natural sexualmente polimórfica difícil de esconder en los entresijos de la cultura.
En cuanto a las posturas esencialistas derivadas de estas concepciones, no tienen fundamento por la existencia de esta naturaleza polimórfica. El problema ha sido etiquetar esta naturaleza que hace también monstruosidades como una aberración, no hay ninguna aberración, solo un problema, no somos capaces de soportar individuos con dos cabezas en nuestras calles o individuos con dos sexos. Pero aquí está el gran dilema de la noción de mujer, ¿qué hacemos con los homosexuales y transexuales?, ¿qué etiqueta ontológica les conferimos?, ¿a quién llamamos mujer y hombre?, o ¿existen hombres-mujeres y mujeres-hombres?, claro que existen y aquí está la incapacidad del nombre para nombrar una realidad que es múltiple. Hablar de mujeres como de hombres, es un discurso de ignorantes que se ha hecho necesario. La enfermedad de Parkinson se llama así por el nombre de quien lo etiquetó, pero en sí, este síndrome nunca tuvo nombre hasta que existió en el lenguaje. Con eso, no quiero decir que la mujer o el hombre es una enfermedad, pero sí un síntoma de nuestras sociedades enfermas. Se hace necesario hablar de la mujer, porque los individuos con sexo femenino son agredidos sexualmente, laboralmente, etc. Y eso les confiere un nombre, una realidad ontológica por sí misma. Aquí radica la necesidad de hablar de género. El que el sexo se ha convertido en una esencia particular que ha sufrido todo tipo de aberraciones que deben ser denunciadas y reparadas.

