¡Por fin un otoño caliente!
Antonio Pérez Collado, Confederación General del Trabajo País Valencià i Murcia
No, no se trata de un pronóstico meteorológico, aunque afectados de lleno por el cambio climático también sería oportuno recordar las tórridas temperaturas de este largo verano a quienes se empeñan en negar algo evidente y bien documentado. Sin embargo urgía reflexionar sobre la que fue la consigna favorita de los ahora llamados agentes sociales mayoritarios (antes sindicatos de clase) cuando cada año, al llegar los meses previos al parón vacacional y viendo los mediocres convenios pactados, otros que ni siquiera se habían podido firmar y las muchas promesas incumplidas, indefectiblemente las ejecutivas confederales del residual obrerismo organizado amenazaban con el consabido otoño caliente que nunca llegó a materializarse, pero que proporcionaba una ocasión de oro para que la pareja de máximos líderes sindicales se luciera por unos días en informativos y entrevistas y, de paso, tranquilizara a su fiel parroquia.
Con el paso de los años ese reiterado otoño caliente cada vez resultaba menos creíble y acabó por no entusiasmar ni a sus propios inventores. Todo el mundo entendió que el otoño caliente era poco probable y que, en caso de producirse algún día, no sería animado por los aparatos sindicales que tanto lo habían prometido con la boca pequeña.
Pero confirmando que no hay mal que cien años dure, este 2026 de calores e incendios también va a resultar el año en que las luchas laborales y sociales no solo no han puesto en agosto el cartel de cerrado por vacaciones, sino que nuevos conflictos eclosionan en septiembre para dar lugar al otoño más caliente desde hace décadas.
Efectivamente, se trata en algunos casos de movilizaciones que ya vienen de la primavera (como las huelgas por la educación pública, las protestas de bomberos forestales, el personal de Correos o la empresa Airbus) y otros colectivos que comienzan ahora sus luchas, después de meses de negociaciones fallidas, promesas rotas y abusos diversos. Cada conflicto tiene sus causas y su propio desarrollo, pero en todos se da un común estado de hartazgo por la intransigencia y la voracidad de la patronal, en el caso de empresas privadas, o de las correspondientes administraciones, en el del sector público.
Otro rasgo bastante común es que en los procesos de negociación y movilización se ha roto el tradicional y monolítico control del sindicalismo mayoritario. Ahora son las asambleas, las coordinadoras y otros sindicatos alternativos los que protagonizan el desarrollo de de lucha. Y eso se nota: hay mucho más ambiente, acciones descentralizadas y mayor participación del personal afectado, los temas importantes se debaten en asambleas y la decisión de convocar movilizaciones o aceptar una oferta no la toman exclusivamente las burocracias sindicales.
Es posible que esta nueva vía sea neutralizada por la acción conjunta de la patronal, el gobierno y los agentes sociales, que no miran con buenos ojos que los trabajadores lleven las riendas de sus asuntos o que otros sindicatos quieran participar en la organización de las luchas. Lo acabamos de ver el Airbus, donde el ministro socialista (bueno, del PSOE, para ser más exactos) Jordi Hereu ha maniobrado hasta romper la unidad de la plantilla, negociando con los sindicatos más dóciles -CC.OO., UGT, ATP y SIPA- y excluyendo a CGT y ÚTIL que apoyan el modelo asambleario.
Pero no será fácil traicionar todas las luchas porque cada vez más personas están comprobando en carne propia cómo sus salarios y pensiones pierden valor frente a la subida de los precios y cómo unos servicios públicos que viejas luchas habían convertido en universales y de calidad (sanidad, enseñanza, ayuda a domicilio, atención a mayores, etc.) son deteriorados y privatizados para generar negocios millonarios de los grandes conglomerados capitalistas.
Otro aspecto diferencial de las actuales movilizaciones respecto a las de épocas recientes es la diversidad de los conflictos que están coincidiendo en el tiempo: RTVE, enseñanza (Cataluña, Valencia, Aragón, Madrid, Andalucía…), servicios de ayuda a domicilio (SAD), bibliotecas de Cataluña, bomberos forestales en Madrid, recogida de basuras de Zaragoza, Correos en varios territorios, educadoras infantiles de Madrid, la multinacional aeronáutica Airbus, centros de Amazon, del Corte Inglés, etc. dentro de lo que podríamos considerar luchas obreras más o menos clásicas. Pero es que a esos conflictos laborales se le unen otros -en los que también los trabajadores están afectados como ciudadanos y usuarios- cuya motivación central son la lucha por el derecho a la vivienda, la denuncia de los recortes en todos los servicios públicos -que incluye una gran manifestación en defensa de las pensiones el 24-O en Madrid-, las protestas por la mala gestión política de los incendios forestales y otras catástrofes (como la DANA de Valencia) y la reacción popular contra el avance del fascismo y el racismo en nuestra sociedad.
En resumidas cuentas y para acabar: ni en lo climático ni en lo social estamos ante un otoño de los de antes.




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